El hombre light o el hombre enmascarado.

Ser en los tiempos posmodernos.

El enfermar depresivo ha existido en todas los tiempos y en todas las culturas, sin embargo, la posmodernidad nos presenta entre otros cambios, una inédita expresividad psicopatológica en lo que se refiere a los trastornos mentales, especialmente en aquellos que cursan con alteraciones timopáticas, o comúnmente llamados trastornos del humor.

Dentro del espectro de los trastornos del humor, es la Depresión la que ha aumentado su ocurrencia en las últimas décadas, haciéndose más frecuentes las formas denominadas "enmascaradas". La expresión depresión enmascarada, refiere a aquellas presentaciones clínicas en las que queda en primer plano las afecciones funcionales, tales como trastorno del sueño, del apetito, de peso, taquicardia, arritmias, algias, parestesias, deseo hipo activo, etc. Este tipo de cuadro clínico cursa camuflado por quejas somáticas y los pacientes pasan inadvertidos para la mayoría de los profesionales. Presenta una alta incidencia epidemiológica no detectada, un alto costo económico y humano debido a que el paciente no se considera asimismo como deprimido y el componente afectivo se encuentra negado o poco reconocido. Este tipo de depresiones se manifiestan principalmente con presencia de síntomas físicos como, algias principalmente, bajo sus diversas formas (cefaleas, lumbalgias, ciatalgias); síntomas conductuales y su correlación con los trastornos del humor o timopáticos.

Este síndrome depresivo enmascarado es leve, casi siempre es posible reconocer sintomatología mitigada la que debe ser investigada activamente, sin esperar que el enfermo la relate espontáneamente ya que por lo general presenta una marcada dificultad en contemplar y reconocer que posee un mundo interior, que no solamente “es” un cuerpo material.

Para aclarar algunos puntos importantes, la depresión en su presentación clásica, en los últimos informes la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha catalogado como epidemia en nuestro continente, asimismo ha proyectado para el 2020 que la depresión será la primera causa de incapacidad a nivel mundial, por encima de las enfermedades cardiovasculares que hoy ocupan ese lugar. El riesgo para el trastorno depresivo mayor a lo largo de la vida en la población en general es del 10 al 25% para las mujeres y entre un 5 y el 12% para los hombres. Las tasas de prevalencia no parecen estar relacionadas con la raza, nivel educativo, ingresos económicos ni con el estado civil. El trastorno depresivo es una enfermedad que se asocia a una alta tasa de morbili-mortalidad, así como con una significativa alteración de la funcionalidad social y ocupacional.

Clásicamente los signos de depresión se clasifican en 3 dimensiones:
a) dimensión emocional: tristeza, sentimientos de culpa, anhedonia, ideas de muerte, ideas de ruina y llanto
b) dimensión ansiógena: irritabilidad, fobias, falta de concentración, rumiación obsesiva, alteraciones psicomotoras.
c) Dimensión somática: falta de energía, mialgias, alteraciones del sueño y del apetito.

Uno de los principales factores que atenta contra un rápido reconocimiento del trastorno depresivo por parte de médicos y psicólogos es su variabilidad en la presentación sintomática. No obstante, según nuestra observación clínica, los cambios en la morfología de las depresiones en la cultura occidental pueden estar dados por el esfuerzo adaptativo a las exigencias de la posmodernidad otorgando una escasa tolerancia a la exteriorización emocional que da como resultado mesura y moderación al cuadro depresivo actual. El hombre posmoderno exhibe una intolerancia cada vez mayor al displacer y para procurarse un alivio recurre a la amplia oferta de amortiguadores (alcohol, drogas, psicofármacos, etc.) que ofrece el mercado.

Si bien es cierto que el “morbus melancólico” ha existido desde tiempos remotos, la escena social posmoderna presenta a ciertos actores principales, el “hombre light” (Rojas, 1992), y la ausencia del sentido de la vida/ proyecto vital (Frankl, 2004), relacionados con esta constelación sintomatológica que se torna enmascarada por la imposibilidad de este hombre actual de ser sustancia.


“Al absorber al individuo en la carrera por el nivel de vida, al legitimar la búsqueda de la realización personal, al acosarlo de informaciones, la sociedad de bienestar ha generado una atomización, mucho mayor que la que puso en marcha la escolarización del siglo XIX” (Lipovetsky, 2008, p. 106) .

El hombre no logra encontrarse y pretende hallar su ser en la experimentación de todas las cosas, lo que lo lleva perder su identidad. Esta experimentación sin fin, le provoca una profunda angustia. El hombre aspira a encontrar y realizar su sentido, y al mismo tiempo encontrarse con un “otro”.

El hombre como ser en el mundo, posee diferentes dimensiones que lo condicionan y lo constituyen. Estas dimensiones son la somática o biológica; psicológica; social y espiritual. Esta última es la que unifica y totaliza al resto, que se manifiesta con diferentes recursos, fortalezas o capacidades de auto contemplación, auto realización y auto trascendencia. La dimensión espiritual a partir de sus diferentes capacidades, es la que podrá re significar, es decir darle un nuevo sentido, a las circunstancias adversas tanto físicas, psicológicas y sociales que pueden tener lugar en el acontecer vital de una persona. Reflexionar sobre los estados psicológico/espirituales tanto propios como ajenos y en esta contemplación construir un camino hacia el autoconocimiento y autorregulación emocional, dará como resultado un hombre con identidad, sustancia y sentido, que podrá hacer frente a los avatares de la cotidianeidad con recursos que lo protejan “de padecer” o “ser” un hombre enmascarado.

Lic. Alejandra Apice Vidal